CARTA DEL PRESIDENTE
Durante 2009 el sistema bancario argentino ha confirmado que está en condiciones de sobrellevar con razonable éxito el más duro de los exámenes a que puede ser sometida su estabilidad, la combinación de una situación de crisis en los mercados financieros internacionales y el de la incertidumbre en el plano local.
En efecto, recién promediando la primera parte del año los mercados financieros internacionales comenzaron a recuperarse de los problemas generados por el colapso de los mercados de deuda hipotecaria en 2007 y la caída de Lehman ya avanzado 2008. En el plano local, al conflicto del Gobierno con el campo le siguieron la estatización de los fondos de pensión en 2008 y el proceso electoral en la primera parte de 2009, situaciones que en mayor o menor medida introdujeron gran volatilidad al mercado de depósitos bancarios y, en definitiva, terminaron deteniendo su crecimiento durante la primera parte del año.
Una vez finalizado el proceso electoral y despejado el horizonte de las dudas que se habían instalado respecto de la política cambiaria y el pago de la deuda pública, los depósitos volvieron a crecer en forma sostenida creando, de ese modo, las condiciones para que se normalice el mercado de crédito y disminuyan las tasas de interés.
Aún cuando transcurrieron dos años completos de intranquilidad desde que irrumpió la crisis de las hipotecas subprime, el sistema sigue mostrando muy buenos indicadores en todas las dimensiones de su gestión económico-financiera. Exhibe niveles de liquidez apropiados, baja morosidad de sus carteras crediticias, previsiones generosas, descalces muy acotados y, sobre todo en la banca privada, una clara y drástica reducción de la exposición al sector público que ha permitido, durante los últimos años, incrementar sostenidamente el apoyo crediticio al sector privado.
Haber atravesado todos esta etapa de eventos negativos sin un deterioro significativo de la liquidez y la solvencia, es una prueba muy clara de la solidez con que cuenta y, al mismo tiempo, de la prudencia y responsabilidad con que se han manejado todos los actores de este mercado, ya sean banqueros, tomadores de deuda o reguladores.
En el caso de los banqueros, está claro que han administrado los fondos de los depositantes con eficiencia y prudencia, eligiendo con cuidado qué proyectos y a quiénes financiar en un marco de riesgo crediticio acotado y diversificado. Por otra parte, los accionistas de las entidades bancarias han procedido a capitalizar prácticamente el total de las utilidades obtenidas durante los últimos años de tal modo de fortalecer el patrimonio de las entidades y estar, de ese modo, en mejores condiciones para enfrentar situaciones inesperadas.
Más aún, la idea de que los bancos se han manejado con cautela, cuidando en todo momento la liquidez de sus inversiones y la calidad de sus créditos, privilegiando el crédito al sector privado por sobre el financiamiento al gobierno, seguramente ha contribuido también a que los depositantes reaccionaran con mesura ante cada acontecimiento. Otra hubiera sido la
situación, seguramente, si en ellos hubiera predominado la idea de que la administración de sus ahorros no se hubiera gestionado según lo que aconseja una buena práctica bancaria.
Cabe mencionar, por otra parte, que tanto empresas como consumidores se han manejado con suma cautela en estas circunstancias. Así lo demuestran los niveles de morosidad que se mantienen en los mínimos históricos a pesar de la caída de los ingresos y las ventas, y la evolución de la demanda de financiamiento, en línea con la caída del nivel de actividad y la disminución de la inversión.
En el mercado PyME en particular, la encuesta "Financiamiento Bancario y Dinámica Empresarial PyME"1correspondiente al año 2009, muestra que la proporción de empresas encuestadas que solicitaron crédito cayó abruptamente desde 34,5% a principios de 2008 a 19,5% a mitad de 2009, luego de haber aumentado sostenidamente durante gran parte del período anterior. Como contrapartida, la proporción de empresas consultadas en la encuesta que obtuvieron la asistencia crediticia ha vuelto a niveles cercanos al 90%.
A su vez, cuando se les ha preguntado acerca de los motivos para no solicitar crédito bancario, las respuestas correspondientes a la demanda -necesidad de financiamiento y disponibilidad de otras fuentes- están en franco y sostenido aumento mientras que las que representan factores de la oferta disminuyen. De hecho, éstos últimos -el nivel de las tasas de interés, requerimientos informativos, desconfianza en los bancos, plazos y garantes- en la última encuesta correspondiente al segundo cuatrimestre de 2009, representaron el 15,4% contra un promedio histórico que supera 26% tanto para la segunda onda anual como para el total de las consultas realizadas desde 2006 hasta ahora.
Asimismo, el 80% de las empresas que declararon haber recibido financiamiento bancario lo destinaron a financiar gastos corrientes o capital de trabajo, lo que refleja un cambio significativo respecto del 55% que correspondió al período previo al comienzo de las turbulencias financieras. Esto indica que durante los últimos tiempos de dificultades económicas, el crédito bancario está actuando contracíclicamente como amortiguador del impacto que ha provocado la caída o la desaceleración de las ventas en un marco en el cual el empleo prácticamente no ha disminuido y los costos han aumentado.
Cualquier intento de balance sería incompleto si no se mencionara el papel del regulador en este desempeño. Más allá de la bondad del marco regulatorio y de la eficacia de la supervisión de las entidades financieras, es importante destacar la importancia que adquirieron en esta oportunidad la política cambiaria y las reservas internacionales del Banco Central.
En efecto, la historia reciente y no tan reciente muestra que la demanda de dinero y, particularmente, el comportamiento de los depositantes, están íntimamente ligados al comportamiento del mercado de moneda extranjera. De hecho, hay una correlación casi perfecta entre la demanda de divisas y la pérdida de depósitos por parte del sistema bancario. Así, una evolución errática de valor del Peso en el mercado sin los límites que impone la
intervención moderadora de las fluctuaciones que puede ejercer la autoridad monetaria, puede terminar derivando en la retracción generalizada del crédito y de la actividad económica si los bancos no contaran con liquidez adecuada.
La flotación administrada del Peso en esta etapa de la economía argentina y la implementación muy oportuna de mecanismos de asistencia financiera de última instancia a la banca -aunque éstos no se hayan utilizado-, representaron dos componentes clave de una política de preservación de la estabilidad bancaria, condición ésta que resulta indispensable para mitigar el impacto de la crisis en la producción y el empleo.
La recuperación de las economías mundial y regional, más las buenas perspectivas que ofrece la campaña agrícola 2009-2010 junto con las perspectivas de total normalización de la deuda pública y los bajos niveles de endeudamiento que exhiben tanto el sector privado como público, conforman un marco muy positivo para que la economía argentina vuelva a crecer. Naturalmente, concretar esta posibilidad y lograr que se extienda en el tiempo depende, en gran medida, de que disminuya la incertidumbre y se fortalezca el marco institucional.
En el plano bancario haber transitado con éxito esta crisis no significa que se hayan superado las asignaturas que están pendientes. Todavía hay mucho para hacer sobre todo en lo que hace a lograr que los ahorros de los argentinos se canalicen a través de los mercados financieros institucionalizados locales. Con depósitos creciendo sostenidamente con poca volatilidad, el crédito bancario será abundante y más barato. En ese sentido, haber preservado la estabilidad del sistema bancario a lo largo de los dos últimos años en un escenario de muchas dificultades, es sin duda un paso muy valioso en favor de lograr el crecimiento económico sostenido del país.
1 Fundación Capital

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