Tarjetas

Columna de Claudio Cesario publicada en Clarín.

Los aranceles promedio que cobran en la Argentina las operadoras de tarjetas de crédito y de débito a los comercios son de los menores de la región. En ambas modalidades se ubica por debajo de otros países como Brasil, Colombia, Paraguay y Uruguay.

Por lo dicho, carece de rigor técnico alguno atribuir el nivel de precios de los comercios minoristas a un hipotético exceso en el arancel de las tarjetas. Pero más grave aún es que este argumento se ha utilizado en pos de una pseudodefensa a los consumidores o clientes.

La reducción del arancel de las tarjetas de crédito y débito que impulsan ciertos sectores será, de concretarse, un subsidio a los comercios y no un beneficio a los consumidores, como se pregona. Tengamos presente que como pensaban y decían nuestros abuelos, lo barato o gratis a la larga sale caro.

Una transferencia de ingresos de una unidad económica (la emisora de la tarjeta de crédito) a otra (el comercio). No habrá beneficio alguno para el consumidor, ya que el comercio no bajará sus precios. La experiencia en la reducción del arancel del 10% al 5% en 1998 y del 5% al 3% así lo demuestran.

Solo en este año, las compañías emisoras del tarjetas de crédito y débito y los bancos desembolsarán más de $10.000 millones en promociones, descuentos, etc., y para financiar los programas de pagos en cuota, que benefician y han beneficiado a millones de argentinos en períodos de elevada inflación. Si realmente se quiere cuidar al consumidor, deben empezar por garantizar la sustentabilidad de las emisoras de estos plásticos sin poner en riesgo su solvencia. ¿Es razonable o viable pensar que las transacciones con débito (como cualquier otro servicio) tengan un arancel simbólico o igual a cero sin que eso ocasione una pérdida a quien presta el servicio?

Por otra parte, dudo que quienes hoy impulsan las iniciativas hayan considerado que el consumo en la Argentina representa dos tercios del PBI, que los beneficios y los planes de financiamiento en cuotas son un pilar de este consumo, que generan crecimiento y empleo en el país y los efectos de adoptar medidas que puedan afectar el consumo y el nivel de actividad.

Es necesario comprender que el arancel que cobran las tarjetas de crédito y débito no es un “regalo” a estas empresas. Es la contraprestación por los servicios que las operadoras de tarjetas brindan a los comercios. Entre ellas, la comercialización del producto, administración de la relación con clientes y promociones.

Respecto del riesgo de crédito, los comerciantes saben y los legisladores deberían conocer que, tanto con las tarjetas de crédito como con las de débito, cuando la transacción es aprobada siempre cobran por la venta del producto o servicio, aun cuando el cliente no pague la tarjeta.

Desalentar el uso de los plásticos incrementará también la informalidad en la actividad económica, disminuirá la recaudación fiscal por esta vía e iremos a contramano del mundo y de la política de mayor bancarización que pregonan las autoridades del sistema financiero.

Apelo a la responsabilidad de las partes para encontrar soluciones de largo plazo a los problemas que padecen hoy los consumidores argentinos, la inflación y el nivel de precios, atacando el meollo de la cuestión y sin buscar chivos expiatorios o atajos ventajistas, ni pretender ventajas sectoriales que a la larga las pagamos entre todos. Cualquiera que ha comprado en un supermercado u otros comercios sabe que las tarjetas de crédito y débito han sido un aliado de los consumidores durante estos años de elevada inflación. Queremos que lo sigan siendo. Cuidemos al consumidor.